Microorganismos beneficiosos

Cada día es mayor la preocupación de la sociedad por los efectos que tiene la alimentación sobre la salud. La mayoría de los consumidores admite sentirse más feliz cuando compra alimentos que sabe de antemano que son saludables, según recoge el Observatorio de Healthia Certification, que apunta que una de las principales tendencias que más impactarán a escala mundial será el crecimiento del consumo de los alimentos saludables y sostenibles con el medio ambiente. Los datos de su informe indican que la mitad de los europeos sigue algún tipo de dieta y que los consumidores han comenzado a demandar ingredientes, productos y combinaciones de alimentos que aportan beneficios físicos o emocionales.

En este contexto, los alimentos no deben producirse y comercializarse atendiendo únicamente a la cuenta de resultados empresariales. La salud y la conservación ‘de los recursos naturales están seriamente comprometidas si no se lleva a cabo una correcta gestión de la producción alimentaria. Precisamente, cada año se intoxican dos millones de personas por exposición directa o indirecta a plaguicidas, según la Organización Mundial de la Salud (OMS). De esos dos millones de intoxicaciones, el 75% se localiza en países subdesarrrollados, que, sin embargo, absorben solamente la cuarta parte del mercado mundial de los pesticidas.

CADA AÑO SE INTOXICAN DOS MILLONES DE PERSONAS POR EXPOSICIÓN DIRECTA O INDIRECTA A PLAGUICIDAS, SEGÚN CIFRA LA ORGANIZACIÓN MUNDIAL DE LA SALUD

 

Como mecanismo de prevención, la Unión Europea impulsó en 1993 una normativa específica para reducir los riesgos en la salud humana, animal, así como para el medio ambiente. Fue a través de la Directiva 91/414/CEE, con la que pretendía establecer los requisitos y procedimientos para la aceptación comunitaria de las sustancias activas que podían utilizarse en los productos fitosanitarios, además de sentar las bases de un programa comunitario para la revisión de las sustancias activas y plaguicidas existentes en el mercado antes del 26 de julio de 1993. Asimismo, la UE puso en marcha en 2002 la Agencia Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA), un organismo encargado, entre otras cosas, de emitir un dictamen sobre los riesgos para el consumidor y para los animales, asociados a la fijación, modificación o supresión de un Límite Máximo de Residuos (LMR), según establece el artículo 10 del Reglamento 396/2005.

Con ello, la UE trataba de poner freno a la filosofía de ‘barra libre’ que supuso la denominada ‘revolución verde’, que empleaba de forma masiva los fertilizantes, los plaguicidas y el riego por irrigación. Este método de producción agrícola se utilizó entre los años 60 y 90 con el objetivo, y también la excusa, de incrementar la productividad de los cultivos para hacer frente a la creciente demanda de la población y, por lo tanto, de alimentos. Y supuso un duro golpe para el medio ambiente, para la salud de los suelos y la disponibilidad de los recursos, entre ellos, el agua.

Endurecimiento de las normas desde los años 90

La Unión Europea viene endureciendo la normativa sobre seguridad alimentaria e higiene de los alimentos desde los años 90. En esta década incrementó las exigencias legales en el comercio, el registro y el control de los productos fitosanitarios, mejorando la trazabilidad de los alimentos e impulsando el denominado ‘paquete higiene’, que desde 2004 establece la obligatoriedad de llevar un registro de los pesticidas que utilizan los agricultores.

Hasta esa época, los requisitos e imposiciones siempre habían partido del regulador. Sin embargo, la presión del consumidor, cada vez más concienciado con su dieta alimentaria, su salud y la calidad de los productos que pone sobre su mesa, provoca un cambio de paradigma en el sector agrolimentario. Las grandes cadenas de distribución, principalmente, las alemanas, mueven ficha y comienzan a imponer unas condiciones que van más allá de los requisitos legales en materia de LMRs de fitosanitarios en frutas y hortalizas en fresco. Es el comienzo de la segunda década del siglo XXI y el inicio de una estrategia del sector agroalimentario con un objetivo claro que garantizará su supervivencia y rentabilidad empresarial: conseguir el residuo cero.

Esta evolución de la industria alimentaria provoca un cambio sustancial en los sistemas de producción. El agricultor toma conciencia de que no todo vale y de que ha de establecer un equilibrio entre productividad de la cosecha, sostenibilidad medioambiental y seguridad alimentaria. Un triángulo en el que el cultivo de productos saludables y de calidad ha pasado a ser la base, cada vez más amplia, por la importancia creciente de la salud por parte del consumidor.

Como consecuencia, los productores de alimentos optan por un modelo menos agresivo con su entorno, reduciendo el uso de productos fitosanitarios y apostando por soluciones más respetuosas con el medio ambiente: químicos menos agresivos, biopesticidas, control biológico… Es el auge de la producción ecológica y también el de una agricultura convencional que mira hacia sus orígenes, que busca regresar a lo natural, recuperar los sabores, los aromas, el contenido nutricional y las propiedades quimio-preventivas de los alimentos. En resumen, calidad y, por supuesto, seguridad alimentaria.

El suelo: el actor secundario que debería tener un papel principal

Para resolver la ecuación de producir alimentos de forma sostenible económica, social y medioambientalmente, así como congarantías de calidad y seguridad alimentaria, el agricultor ha puesto el foco en otro factor que se antoja capital en el futuro inmediato en el sector de laalimentación: el suelo. Buena parte de la supervivencia del sector agrícola, tal y como se conoce hasta ahora, pasa por mejorar la vida que hay bajo la tierra donde cultiva, un requisito fundamental para optimizar los ratios de productividad e incrementar la rentabilidad del productor. Un proceso que pretende devolver los suelos a su estado primitivo, a los orígenes de la agricultura, antes de que la mano del hombre, con sus pesticidas y hormonas de síntesis, acabara con el 95% de los microorganismos beneficiosos del subsuelo, encargados de favorecer el desarrollo de las plantas de forma natural.

Estos organismos microscópicos, entre ellos, bacterias y hongos, contribuyen a la formación del suelo participando en la degradación de la materia orgánica y en los ciclos de elementos como el carbono, el nitrógeno, el oxígeno, el azufre, el fósforo o el hierro. Estas sustancias aportan fertilidad al suelo y son utilizados por los seres vivos en su metabolismo. Muchos de estos microorganismos viven alrededor de las raíces de las plantas y estimulan su crecimiento, ayudándolas a absorber nutrientes y protegiéndolas del ataque de microorganismos patógenos.

La biotecnología aplicada a la agricultura ha puesto el foco en las comunidades microbianas del suelo en busca de microorganismos beneficiosos que defiendan los cultivos ante plagas y enfermedades, mejoren su rendimiento, incluso, con escasez de agua, y se utilicen como fertilizantes naturales (biofertilizantes). De igual forma que el suelo está compuesto por una fauna microbiológica que, mayoritariamente, beneficia a las plantas cuyas raíces alberga, los seres humanos poseen infinidad de bacterias, virus y hongos, un conjunto de microorganismos denominado microbiota.

 

LA BIOTECNOLOGÍA APLICADA A LA AGRICULTURA HA PUESTO EL FOCO EN LAS COMUNIDADES MICROBIANAS DEL SUELO EN BUSCA DE MICROORGANISMOS BENEFICIOSOS

 

La microbiota es indispensable para el correcto crecimiento corporal, el desarrollo de la inmunidad y la nutrición. Las alteraciones en la microbiota explican, al menos en parte, algunas epidemias de la humanidad como el asma y la obesidad. El desequilibrio de la flora intestinal conocido como disbiosis se asocia a una serie de trastornos gastrointestinales que incluyen el hígado graso no alcohólico, la enfermedad celíaca y el síndrome de intestino irritable, y se produce, principalmente, por la resistencia a los antibióticos, que aparece cuando las bacterias mutan como respuesta al uso de estos fármacos y que está considerada como una de las mayores amenazas para la salud mundial y la seguridad alimentaria, según la OMS.

Son numerosos los estudios que recogen que las dietas prebióticas y probióticas favorecen el crecimiento de las bacterias intestinales beneficiosas. El estómago se comporta de forma similar al suelo, y al igual que este mantiene una relación de simbiosis con los microorganismos ‘amigos’ con los que convive, la diversidad de bacterias que habitan el intestino humano mejoran la salud de los seres humanos, previniendo enfermedades como la depresión o la ansiedad, por lo que son capaces de actuar en el estado del cerebro. Esas bacterias ya se han trasplantado de forma experimental en humanos para combatir infecciones intestinales y por la misma vía, o a través de la dieta o de alimentos probióticos, que incluyen microorganismos, servirían para tratar enfermedades psiquiátricas o neurológicas, lo que abre una nueva vía de negocio al sector agroalimentario a la hora de producir alimentos.

En este contexto, la agricultura tiene ante sí el reto de alimentar a 10.000 millones de habitantes en el horizonte de 2050; y la oportunidad de hacerlo sin caer en una nueva ‘revolución verde’, sino de forma respetuosa con su entorno, optimizando los recursos y proporcionando un salto cualitativo, con alimentos funcionales que, además de aportar nutrientes, tengan la capacidad de mejorar cuantitativamente la salud de los consumidores. Esto no es el futuro. Porque el futuro ya está aquí.

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